05 de Agosto de 2026

Economía y precio del metal y del acero

Sostenibilidad y cemento: de la fabricación del material al ciclo de vida de las infraestructuras

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La industria cementera es plenamente consciente de su responsabilidad en la transición hacia una economía baja en carbono, por eso lleva años liderando esta transformación. En 2015 presentó su primera hoja de ruta sectorial para la reducción de emisiones y, en 2020, se convirtió en la primera industria de materiales de construcción en España en disponer de una hoja de ruta específica hacia la neutralidad climática. Esta hoja de ruta ha sido recientemente actualizada y validada por AENOR conforme a la norma UNE-ISO IWA 42:2022, lo que refuerza su carácter técnico, verificable y alineado con estándares internacionales.Los objetivos fijados muestran la dimensión del reto: reducir un 42% las emisiones de CO2 por tonelada de cemento en 2030, elevar esa reducción hasta el 83% en 2040 y alcanzar la neutralidad climática en 2050. Son cifras ambiciosas, pero también una declaración clara de intenciones: la descarbonización del cemento no puede abordarse con una sola medida ni con soluciones parciales.La descarbonización del sector exige actuar simultáneamente sobre múltiples palancas. La mejora continua de la eficiencia energética, el uso de materias primas descarbonatadas, el desarrollo de cementos con menor huella de carbono, el uso de nuevos aditivos y el impulso de la economía circular forman parte de una misma respuesta industrial.En este último ámbito, conviene subrayar un papel que a menudo pasa desapercibido. Las fábricas de cemento contribuyen a recuperar materiales que, de otro modo, acabarían eliminándose como residuos. Según el Observatorio de la Economía Circular del sector cementero español, en 2024 el consumo de combustibles derivados de residuos alcanzó máximos históricos y aportó más del 42% de la energía térmica utilizada por el sector. Esta evolución permite reducir el consumo de combustibles fósiles, disminuir la huella de CO2, ya que muchos de esos residuos son biomasa y por tanto neutros en emisiones, y evitar su depósito en vertederos.

Emisiones de proceso y tecnologías CAUC

Ahora bien, la descarbonización del cemento exige ir más allá de las medidas convencionales. Aproximadamente dos de las terceras partes de las emisiones proceden de la reacción química necesaria para transformar la caliza en clínker, el principal componente del cemento. Son las denominadas emisiones de proceso, también llamadas emisiones de difícil abatimiento.A diferencia de otras emisiones industriales, las emisiones de proceso no pueden eliminarse únicamente mediante mejoras de eficiencia energética, cambios de combustible o una mayor electrificación. De ahí la importancia de las tecnologías de captura, transporte, almacenamiento y uso de carbono, conocidas como CAUC. Estas tecnologías están llamadas a desempeñar un papel decisivo en las próximas décadas. No sustituyen al resto de palancas de descarbonización; las complementan allí donde las medidas convencionales no llegan.La experiencia europea demuestra que esta transformación ya ha comenzado. Países como Noruega, Países Bajos, Dinamarca o Reino Unido están desarrollando clústeres industriales, redes de transporte y soluciones de almacenamiento de CO2. España cuenta con capacidades industriales, conocimiento tecnológico y potencial para impulsar proyectos CAUC, pero todavía no dispone de proyectos a gran escala.Para que estas inversiones pasen del papel a la realidad hacen falta un marco regulatorio estable, una hoja de ruta nacional y una planificación integral de infraestructuras para toda la cadena de valor del CO2. Mientras otros países europeos avanzan con estrategias específicas e incentivos públicos, España necesita definir un marco que aporte certidumbre a inversiones de gran importe y largo plazo.

La durabilidad, clave para la sostenibilidad real de las infraestructuras

Pero la sostenibilidad no termina en la puerta de la fábrica. En el caso del cemento y del hormigón, el debate debe ampliarse al ciclo de vida completo de las infraestructuras. Reducir la huella de carbono de los materiales es imprescindible, pero no suficiente. La sostenibilidad de una infraestructura también depende de su capacidad para mantener sus prestaciones durante décadas y reducir la necesidad de nuevas intervenciones, nuevos consumos de recursos y nuevas emisiones.Por eso, limitar el análisis a las emisiones generadas en el momento de la construcción ofrece una visión necesaria, pero incompleta. Una infraestructura es verdaderamente sostenible cuando presta servicio durante largos periodos de tiempo, manteniendo sus condiciones de seguridad, funcionalidad y durabilidad con el menor consumo posible de recursos adicionales.La durabilidad debe ocupar, por tanto, una posición central en cualquier estrategia de descarbonización. Una estructura que alcanza una larga vida útil reduce la necesidad de sustituciones, limita el consumo de materias primas y energía, minimiza la generación de residuos y disminuye las emisiones asociadas a futuras intervenciones. Prolongar la vida útil de una infraestructura es, en la práctica, una de las formas más eficaces de reducir su huella de carbono acumulada.Esa durabilidad empieza en la fase de diseño. La correcta selección de materiales, la definición de las clases de exposición, los espesores de recubrimiento, los detalles constructivos y las medidas de protección frente a agentes agresivos condicionan de manera decisiva el comportamiento futuro de la estructura. Sin embargo, la sostenibilidad no acaba con el proyecto ni con la ejecución de la obra.Las infraestructuras están sometidas durante décadas a cargas de tráfico, ciclos térmicos, humedad, carbonatación, cloruros, abrasión, fatiga y fenómenos meteorológicos cada vez más exigentes. Su comportamiento real depende de cómo se diseñan, pero también de cómo se conservan para mantener adecuadamente sus prestaciones a lo largo del tiempo.

El mantenimiento también es sostenibilidad

El mantenimiento debe dejar de verse como una actuación puntual destinada a corregir problemas cuando ya han aparecido. Forma parte de la propia sostenibilidad de la infraestructura. La planificación de inspecciones, el seguimiento de indicadores de deterioro, la definición de estrategias preventivas y la programación de intervenciones compatibles con la estructura original permiten optimizar recursos y evitar actuaciones mucho más complejas y costosas en el futuro.La falta de mantenimiento no elimina costes; simplemente los aplaza y, en la mayoría de los casos, los multiplica. Las consecuencias tampoco son solo económicas. Desde una perspectiva ambiental, las reparaciones tardías suelen exigir mayores volúmenes de demolición, transporte de materiales, generación de residuos y consumo energético. En consecuencia, incrementan también la huella de carbono asociada a la gestión de la infraestructura.En este escenario, los morteros técnicos de reparación, por ejemplo, desempeñan un papel esencial. Son materiales de alto valor añadido que permiten recuperar la geometría, la protección de las armaduras, la capacidad resistente, la impermeabilidad y la durabilidad de elementos de hormigón dañados. Su función no es simplemente corregir un defecto visible, sino restituir prestaciones y frenar mecanismos de deterioro.Es cierto que un mortero técnico de reparación puede presentar una huella de carbono por tonelada superior a la de otros materiales, porque incorpora cemento, aditivos, polímeros, fibras y componentes específicos para alcanzar prestaciones elevadas. Sin embargo, su volumen de uso suele ser reducido y su contribución ambiental debe evaluarse frente al beneficio que aporta: evitar intervenciones más profundas, reducir la necesidad de reconstrucción y extender durante años, o incluso décadas, la vida útil de una infraestructura existente.La referencia, por tanto, no debería ser únicamente el carbono asociado a un kilogramo de producto. También debe considerarse el carbono evitado gracias a los años adicionales de servicio que ese producto permite obtener. Este enfoque resulta especialmente relevante en infraestructuras, donde las decisiones de mantenimiento y conservación condicionan una parte muy significativa de los impactos ambientales acumulados a lo largo de todo su ciclo de vida.La sostenibilidad del sector cementero debe contemplarse desde esa visión amplia e integrada. Por un lado, la industria avanza en una transformación profunda para reducir sus emisiones, incorporar nuevas tecnologías y acelerar la transición hacia la neutralidad climática. Por otro lado, los materiales que produce seguirán siendo esenciales para construir y conservar las infraestructuras que necesita la sociedad y que le permitan adaptarse a las consecuencias del cambio climático.La transición hacia una construcción baja en carbono no depende únicamente de fabricar materiales con menos emisiones. Depende también de diseñar, conservar y rehabilitar infraestructuras capaces de prestar servicio durante más tiempo, consumiendo menos recursos a lo largo de su vida útil. Porque la infraestructura más sostenible no es solo la que se construye con menos carbono, sino también la que se usa, mantiene y repara para evitar tener que volver a construirse antes de tiempo.

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