Una reducción de hasta un 3% en costes indirectos y acortamientos de plazos de varios meses: así contabiliza el Clúster de la Edificación los beneficios de la construcción industrializada. Las empresas del sector coinciden en que este modo de producción supone mejoras evidentes.
La primera de ellas es, efectivamente, la reducción de plazos. “El factor diferencial que más impacta es el ahorro de un 20-30% del tiempo total de obra en el caso de edificaciones residenciales de alta densidad y de hasta un 50% en el caso de la edificación de baja densidad”, afirma tajante Stefano Carlo Ascione, Passivhaus Designer y responsable de Marketing y Comunicación de Arquima.
Con pequeñas variaciones en los porcentajes, las compañías consultadas comparten una misma opinión. Miquel Alerm, técnico en construcción industrializada de Soprema Iberia, sostiene que “los plazos se pueden ver reducidos entre un 15% y un 40% según el grado de industrialización”. Antonio Sánchez Gea, director de Estrategia y Desarrollo de Negocio de Ciudades, Edificación y Energía de Socotec, asegura que “en promociones residenciales industrializadas que hemos acompañado recientemente, se constatan reducciones de plazos de alrededor del 25%”.
Para José Manuel Ruiz, CEO de La Casa de Hormigón, la cifra sube hasta un 50%, o incluso más, y traduce esta cifra en una franja de tiempo: “Una vivienda industrializada está lista para entrar a vivir en un plazo máximo de 5 a 7 meses, mientras que una vivienda construida de manera tradicional necesita entre 12 y 18 meses”. En la misma línea se pronuncia Antonio Domínguez Villardón, responsable de proyectos y prescripción en Deceuninck, que sostiene que “en proyectos donde la industrialización se aplica de forma parcial y coherente —por ejemplo, en fachadas, núcleos húmedos o cerramientos— estamos observando reducciones reales de plazos de entre 2 y 4 meses en promociones residenciales medias”.
“La industrialización está consolidándose como una realidad en nuestro país, especialmente vinculada al sector de las viviendas eficientes y a fabricantes especializados que ya llevan una década trabajando en esta línea”, sentencia Josep Castellà, director general de Zehnder en España y Portugal. “Desde nuestra experiencia, la reducción de costes puede superar incluso ese 3%, dependiendo de las características de cada edificio”, añade.
Pero los beneficios de la industrialización no solo atañen al tiempo de producción. “La reducción en costes indirectos se materializa principalmente en menores gastos de estructura, alquileres de medios auxiliares y menores costes financieros derivados”, relata Ascione, que añade: “En la práctica, lo que se está viendo en el día a día va más allá que un dato agregado de ahorro. La calidad con la que las envolventes salen desde las fábricas reduce residuos, además de defectos de ejecución y patologías tempranas, con un impacto directo en los costes de postventa. Por no decir de los claros beneficios en seguridad y reducción de siniestralidad”.
Por su parte, José Manuel Garcilópez, director de Construcción Industrializada de Saint-Gobain, pone el foco en la misma dirección: “Se observa una mayor previsibilidad de los costes indirectos debido a una menor desviación en obra y a la reducción del ‘retrabajo’. Aunque los porcentajes varían por tipología (2D/3D, híbridos, fachadas, baños), la productividad y la trazabilidad del proceso industrializado están permitiendo ahorros indirectos y una mayor certidumbre financiera a lo largo del ciclo de cada proyecto”.
María del Carme Bladé Vidal, directora de Marketing y Prescripción de Soudal España, aporta un nuevo matiz: “La reducción de los costes indirectos depende del tipo del proyecto y, desafortunadamente, no en todas las zonas de España hay el mismo grado de industrialización”.
Desde Deceuninck apuntan también a una “menor dependencia de mano de obra especializada en obra, uno de los grandes cuellos de botella actuales”, algo en lo que profundiza Ruiz: “Para construir una vivienda industrializada se necesitan tres operarios, frente a la cuadrilla de 10 o 12 que se requiere para la construcción de una vivienda tradicional. Lógicamente, esto supone un interesante ahorro en salarios y costes sociales, además de ser la solución a la escasez de mano de obra cualificada que sufre el sector”.
Normativas para impulsar la industrialización
Para fomentar esta manera de producción, el Gobierno ha puesto en marcha el PERTE de la Industrialización de la Vivienda y entre los años 2026 y 2030 están previstas también ayudas dentro del Plan Estatal de Vivienda.
“Actualmente, ya se han iniciado los primeros procesos de licitación de vivienda pública que incorporan criterios de industrialización (y con buena puntuación, además), lo que se puede interpretar como un gran avance tangible, pero conviene ser cautos, ya que la capacidad de producción real de vivienda industrializada sigue siendo limitada a nivel nacional”, afirma Ascione. “Sufrimos un déficit de 700.000 viviendas y los efectos del PERTE para paliar tal volumen de construcción todavía tardarán años en verse con claridad”, añade.
Cautela también pide Villardón que, si bien considera que “la valoración es positiva”, cree que hay “matices”: “El PERTE y el futuro Plan Estatal de Vivienda marcan una dirección clara: España necesita construir más, mejor y más rápido, y eso solo es posible con industrialización. Ahora bien, los resultados aún son incipientes. Estamos viendo un interés creciente por parte de promotores y administraciones, los primeros pilotos y acuerdos con fabricantes industrializados y una mayor apertura a soluciones off site”. Sin embargo, asegura que “el reto es que estas políticas se traduzcan en proyectos ejecutados, no solo en anuncios”. Para ello, cree que deberá haber estabilidad normativa, financiación adaptada a procesos industriales y una visión de sistema constructivo completo.
Bladé es menos optimista, al sostener que “la inversión es pequeña para la creación de un ecosistema que se mantenga a corto-medio plazo. Más allá de proyectos puntuales, no se está viendo un gran avance en la industrialización”.
“Si echamos la vista atrás de una década, el sector ha avanzado de manera muy contundente, pero aún siguen existiendo barreras relevantes que condicionan su expansión a gran escala”, recuerdan no obstante desde Arquima.
La primera dificultad viene desde el punto de vista financiero. “Las entidades financieras (y aseguradoras) siguen evaluando proyectos industrializados bajo el amparo de criterios pensados para la construcción convencional”, denuncian. La segunda dificultad, del ámbito normativo, puesto que “la legislación vigente sigue pensada para la obra tradicional”. Y, por último, la percepción del cliente final: “En diez años ha cambiado radicalmente, pero todavía existe cierta desconfianza”. “A fecha de hoy, el marco y la demanda empiezan a acompañar, pero la industrialización necesita una mayor estabilidad normativa y mayor cultura técnica para consolidarse plenamente”, zanja Ascione, poniendo en evidencia la existencia de unas trabas que también aprecian el resto de entrevistados.
Desde Soudal están de acuerdo en que “la principal barrera es la financiación que permita que las empresas sobrevivan más allá de proyectos puntuales”. “Es necesario crear una demanda continua para asegurar la continuidad de la construcción industrializada. Dicha demanda solo se puede asegurar con una inversión recurrente, que está siendo el eslabón más débil hasta el momento”, explican.
José Manuel Ruiz sostiene que, además, “sería necesario liberar más suelo y agilizar las licencias y los trámites burocráticos necesarios para poder construir”. “Por otra parte, el sector debe entender que la construcción industrializada no es el futuro lejano, es un presente que ya está aquí y por el que hay que apostar para no quedarse fuera del mercado”.
La digitalización, imprescindible para industrializar
“La digitalización es fundamental para evolucionar desde el modelo tradicional hacia esta nueva manera de construir, no solo porque elimina errores y reduce costes, sino porque permite automatizar tareas para centrarse en áreas estratégicas”, exponen desde La Casa de Hormigón.
Castellà, de Zehnder, es tajante al afirmar que “la industrialización es sinónimo de digitalización”. “Todo comienza con el modelaje 3D, donde todos los elementos que conforman la vivienda deben ser integrables en un entorno digital. La vivienda industrializada se digitaliza al 100% desde su concepción”.
Amplía su argumentación explicando que “la digitalización en el diseño se está centrando en metodologías como el BIM, que representa una realidad creciente en el sector. La industrialización está impulsando un avance significativo en las metodologías de trabajo a nivel de diseño arquitectónico tridimensional”. “En el contexto actual, estas herramientas adquieren más sentido que nunca”, zanja.
Para Garcilópez, de Saint-Gobain, “la digitalización es, hoy en día, una realidad en casi todos los proyectos de construcción industrializada. Podemos decir que la integración operativa entre BIM, DfMA y planificación colaborativa es ya práctica habitual”.
Stefano Carlo Ascione matiza que sí, “la digitalización ha ganado terreno, especialmente en empresas medianas-grandes y en promotores con vocación, que ya trabajan o han participado en proyectos industrializados”, pero “la colaboración efectiva sigue sin ser la norma en empresas más pequeñas o en la administración, en las que culturalmente sigue existiendo una dinámica establecida y acostumbrada a procesos secuenciales y compartimentados, donde cada actor se encarga solamente de su ámbito de acción”.
Secunda su parecer Antonio Domínguez Villardón, que indica que, en este sentido, “los principales retos no son tecnológicos, sino humanos: trabajar de forma transversal, compartir información desde fases tempranas y aceptar que el proyecto se define antes de llegar a obra”.
La sostenibilidad toma el mando
Uno de los objetivos que se buscaron al inicio de la andadura de la industrialización de la construcción era la mejora medioambiental. Y, al parecer, la meta se está alcanzando, como explica Miquel Alerm, de Soprema: “Los proyectos industrializados muestran avances claros en sostenibilidad. Observamos reducciones muy significativas de residuos en obra, una optimización del uso de materiales y una menor huella de carbono asociada al proceso constructivo”. “Además, la industrialización facilita la incorporación de soluciones de alto rendimiento térmico y acústico que mejoran la eficiencia energética del edificio durante toda su vida útil”, prosigue.
“La circularidad de una vivienda industrializada es sustancialmente superior, lo que la convierte en una opción mucho más sostenible. El nivel de residuos generados es notablemente inferior, dado que se trabaja con estructuras prácticamente finalizadas”, sostiene Josep Castellà.
Desde Socotec, Sánchez Gea estima que “se reducen los residuos de obra de entre un 30% y un 50% y se optimiza el uso de materiales, además de plantear estrategias circulares al diseñarse para un futuro desmontaje y reutilización. Esto supone una clara estrategia de reducción en las emisiones de CO₂, tanto la reducción en el consumo de materiales, por su optimización en el diseño, como por la reducción de tiempos, consumos y transportes improductivos”. “Respecto al comportamiento energético, al facilitar envolventes más precisas y mejor control de puentes térmicos, se pueden obtener los estándares más elevados y sobre todo garantizarse”. “Estos beneficios son especialmente relevantes en un contexto de exigencias crecientes en descarbonización del sector”, concluye.
Ascione comparte esta visión: “La mejora es notable. La producción en fábrica (y la consecuente reducción de actividades on-site) permiten disminuir significativamente las emisiones de CO₂ durante todo el ciclo de vida del edificio”. “A su vez, la fabricación controlada permite minimizar mermas y desperdicios, logrando disminuciones de residuos de hasta un 90%”. “Por último, al incorporar sistemas constructivos más eficientes (mejor aislamiento y hermeticidad), se logran mejores envolventes, lo que se traduce en mayor eficiencia energética”, apunta.
Asegura, además, que, a nivel de materia prima, en el caso de las construcciones con madera, se disminuye la huella de carbono entre un 40% y un 80%, según el tipo de construcción, en comparación con el hormigón o el acero, requiriendo menos energía en su producción y transporte.
“Todo ello se traduce en una huella ambiental significativamente menor, incluyendo la reducción de emisiones embebidas y la adopción de modelos más circulares”, zanja Garcilópez.
Cambios estructurales para consolidar la industrialización
Para que la industrialización deje de ser una alternativa emergente para convertirse en el modelo constructivo dominante en España, el cambio debe ser profundo y estructural, y no solo tecnológico.
En Arquima, aseguran que “para que la industrialización se consolide como un modelo dominante a nivel nacional, son necesarios cambios profundos”, y señalan tres ámbitos donde las reformas son imprescindibles: formación, educación y modernización administrativa.
Asimismo, Villardón concreta cuatro transformaciones fundamentales: una formación profesional orientada a procesos industriales; innovación aplicada no solo a nivel tecnológico, sino también organizativa; una cadena de suministro más integrada y la prescripción técnica temprana, donde las soluciones industrializadas se decidan en fase de diseño.
Por su parte, el CEO de La Casa de Hormigón amplía la perspectiva: “La innovación no debe aplicarse solo al producto, hay que aplicarla a todo el sector de manera transversal”. Para empezar, considera primordial actualizar los planes de estudios para alinearlos con las necesidades de este sistema constructivo. “También es fundamental transformar la cultura organizacional implementando sistemas tecnológicos avanzados que agilicen la construcción y la toma de decisiones, y esto pasa inevitablemente por potenciar las competencias digitales en toda la empresa”. Por último, asegura que, “si somos capaces de digitalizar todo el procedimiento, seremos también capaces de mejorar la interconexión con los proveedores y agilizar al máximo la cadena de suministro”.
Desde Zehnder inciden en la importancia de la mejora de la formación: “Para que la formación profesional evolucione en esta dirección, primero debe existir una demanda clara del mercado. Las empresas del sector tenemos la responsabilidad de trabajar y desarrollar esta línea. Si la Administración comprende esta necesidad y la apoya –como ocurre con el PERTE–, la formación profesional y otras áreas tecnológicas se orientarán inevitablemente en esta dirección”.
En este sentido, remarcan: “El proceso es claro: primero las empresas identificamos los problemas o limitaciones. Posteriormente, la Administración debe facilitar el cambio real y, finalmente, las escuelas de formación, cuando esto sea una realidad consolidada, contribuirán a impulsarlo. La necesidad es tan apremiante —dada la escasez de mano de obra capacitada para construir de forma tradicional — que el sector reconoce que no existe otra alternativa viable”.
Sánchez Gea añade a todo ello un enfoque práctico: “Hace falta una formación profesional especializada, orientada a fabricación, montaje y control de calidad de sistemas de construcción industrializada, y que esta tenga unas salidas claras en el mercado de trabajo”. Además, continúa, “es necesario que se perciba que trabajar en el sector de la construcción industrializada sea comparable a trabajar en el sector industrial, con las mejoras de condiciones laborales a las que ello se asocia”. Bladé está plenamente de acuerdo con este planteamiento: “La velocidad de los planes de estudios debe adaptarse rápidamente a las necesidades de la industria y el nivel de digitalización actual”.
Futuro de la construcción industrializada
A medio y largo plazo, la consolidación de la construcción industrializada promete transformar la manera de construir en España y sus efectos se proyectan en tres dimensiones: asequibilidad, competitividad y sostenibilidad climática.
Ascione apunta al impacto económico y ambiental: “Industrializar se traducirá en un menor coste final de las viviendas, especialmente en promociones de vivienda social, gracias a la estandarización y la economía de escala. Además, el uso de materiales de bajo impacto ambiental acelerará la transición hacia un parque edificado más eficiente y sostenible”.
“Si logramos consolidar la construcción industrializada en nuestro país, daremos respuesta a la necesidad de vivienda disponible que tenemos en este momento. La competitividad del sector también va a aumentar. Por último, construir viviendas energéticamente eficientes tendrá un impacto positivo en el medio ambiente y contribuirá a frenar el cambio climático”, relata Ruiz.
Ascione añade que el avance de la industrialización “no solo transformará la manera de construir en España, sino que podrá ofrecer viviendas más asequibles (que no significa de baja calidad), logrando un sector más fuerte, competitivo y un modelo constructivo coherente con los retos climáticos”. “Industrializar se traducirá en un menor coste final de las viviendas. La estandarización y el aprovechamiento de la economía de escala serán claves en promociones de vivienda social y el uso de materiales de bajo impacto o con una mochila ambiental más pequeña acelerará la transición hacia un parque más eficiente y sostenible”, sentencia.
Garcilópez, de Saint-Gobain, aporta la visión climática: “La construcción industrializada permite reducir plazos y estabilizar costes en los proyectos. Esto, unido a la descarbonización de materiales y a la circularidad, es clave para alcanzar los objetivos climáticos del parque edificado”.
Por su parte, Antonio Sánchez Gea concluye con una mirada integral: “La construcción industrializada es una de las respuestas a la emergencia habitacional que se está sufriendo en diferentes regiones debido a diversos factores, entre los que destacaría la mayor previsibilidad de costes y plazos”.
En esta línea se posiciona también María del Carme Bladé, de Soudal: “La ausencia de mano de obra y la falta de vivienda para la demanda actual es la tormenta perfecta para impulsar la industrialización”, y continúa: “A corto plazo no supondrá un ahorro significativo en el coste de la vivienda ni en la sostenibilidad. A largo plazo, la estandarización de los procesos sí supondrá un ahorro del coste de construcción de la vivienda, que dependerá de la dinámica del mercado si se traslada a una reducción de los precios”.
Sigue la misma estela el razonamiento de Castellà, de Zehnder: “A corto plazo persisten las mayores incertidumbres, condicionadas por la capacidad de inversión de las empresas y la concreción de las ayudas anunciadas. A medio plazo, el sector experimentará una transformación progresiva hacia este modelo constructivo”. “Observando la evolución que ha experimentado Europa, así como la creciente necesidad y relevancia que está adquiriendo este tema en España, consideramos que la dirección a largo plazo apunta claramente hacia la consolidación de la industrialización”.
Miquel Alerm, de Soprema Iberia, tiene clara cuál es la dimensión estructural del cambio: “La industrialización no va a ser una tendencia pasajera, sino que tiene que ser necesariamente una transformación estructural del sector de la edificación en España, y posiblemente en el mundo”. Una afirmación que comparte Domínguez Villardón, que remarca con contundencia que “la industrialización no es una moda ni una solución mágica, pero sí es la única vía realista para responder al reto de la vivienda en España”.









